José Bedia

(Del 28 de Junio al 28 de Julio, 2007)

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QUEMA DEL TEMPLO
Técnica mixta sobre tela, 181.5 x 277 cm.
SIGUIENDO UN REFLEJO CAIDA LIBRE POR TU PELO AQUELLA VEZ... CUAL RUMBO TOMAR PASA ROMPIENDO LA TREGUA QUEMA DEL TEMPLO NGUNDA BILONGO

El mundo de lo invisible o el mundo que se hace visible a aquellos cuya mirada sobrepasa las meras apariencias es al que accedemos mediante los cuadros de José Bedia, artífice que nos exime de ingerir el zumo de alguna planta maestra o del estricto ayuno de un iniciado para acceder a la clarividencia requerida para entender que el destino esencial del hombre es el de la convivencia íntima con la naturaleza –que lo nutre y le dio la vida– y el cosmos –que le enseña a comprender lo infinito–.

Hace años José Bedia dijo: “He decidido convertirme en el heredero de una serie de tradiciones y estoy uniendo toda esa pedacería”. Precisamente, el artista crea una tradición a partir de las “poéticas” de tradiciones ancestrales que ha recolectado de distintas partes; tradición visual que nos hace recordar que pisamos un mundo antiguo donde el ser humano es una criatura reciente, perpleja ante la complejidad de sus enigmas y símbolos. Para su desciframiento cuenta con la ayuda de los espíritus y las divinidades que lo habitan desde el origen, quienes lo han visto todo y no se alarman ni ante los extravíos del hombre contemporáneo que, parapetado en su parafernalia industrial y bélica, sobrevive completamente alejado de lo que debería ser su destino.

El propósito contenidista y didáctico de Bedia se hace evidente en el “esquema” detrás de sus composiciones, donde el dibujo articula una situación trascendental, remarcada por los títulos que él dibuja a pulso y que operan como sentencias, invocaciones o conjuros que orientan la lectura de la obra –aun cuando sean palabras en una lengua desconocida–, y cuya singularidad caligráfica –cuasi tipográfica– se incorpora, sin fricción, a lo pintado.

Bedia consigue plasmar en sus telas la simultaneidad de realidades que alberga este mundo, donde el hombre y los seres vivos, los espíritus que lo antecedieron y las divinidades de la tierra y el cielo, se encuentran y se reconocen como entidades de un mismo e inescrutable plan.